Episodios nacionales para ninos

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La brava mujer calló de improviso porque la otra maja que cerca de ella estaba cayó violentamente herida por un casco de metralla. De su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos, repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba herida, miró el cuerpo expirante de su compañera. Debo consignar aquí un hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y repentinamente seria.

Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos vi un brazo azul con charretera de capitán. Pertenecía a don Luis Daoiz, que, herido en la pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento si lo de arriba obedeciera a las voces de abajo.

En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe de las fuerzas francesas acercóse a nosotros y en vez de tratar decorosamente de las condiciones de la rendición habló a Daoiz de la manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable no me trataríais así.


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