Episodios nacionales para ninos

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Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido y al fin penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las personas que confusamente distinguía delante de mí cuando un vivo gozo inundó mi alma. La Princesita y don Celestino estaban allí, ¡pero de qué manera! En el momento de entrar yo a ambos les ataban, como eslabones de la humana cadena que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en sus brazos y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres no fuimos más que uno solo.

—¡A mí, a mí también! —grité a los franceses, con bárbaro delirio—. Ponedme a mí en la cuerda. Yo soy culpable; ellos, no. Fusilad al mundo entero, pero poned en libertad a esta niña inocente y este pobre sacerdote.

El oficial francés que mandaba el pelotón miró a la princesita y viéndola tan humilde, tan resignada, tan bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no pudo menos de mostrarse algo compasivo. Don Celestino, viendo aquella inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también:

«Todos nosotros hemos pecado, pero esta niña es inocente». Las lágrimas del anciano produjeron más efecto que mi ardiente súplica… Inés y don Celestino fueron desatados de la cuerda…, y me ataron a mí…


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