Episodios nacionales para ninos

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V

Octubre era el mes, y 18 el día. Nos levantamos muy temprano y fuimos al muelle, donde esperaba un bote, que nos condujo a bordo.

Figuraos, amiguitos míos, cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mi entusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del «Santísima Trinidad», el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera, que, visto de lejos, se representaba en mi imaginación como una fábrica portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de los mares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío, yo le examinaba con religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que me parecían tan pequeñitos desde la muralla. El inquieto fervor de que estaba poseído me expuso a caer al agua cuando contemplaba con arrobamiento los figurones de proa, objetos que más que otro alguno fascinaban mi atención.

Por fin llegamos al «Trinidad». A medida que nos acercábamos, las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso al costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en negro y horrible cristal, sombra del navío; cuando vi cómo se sumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente los costados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de cañones asomando sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo, púseme pálido y quedé sin movimiento, asido al brazo de mi amo.


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