Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos —No lo sé —me dijo—, ni me importa saberlo.
En el desván rompimos fácilmente un tabique y pasando a otra estancia hallamos una empinada escalera, la bajamos y nos vimos en una habitación chica. Unos siguieron adelante, buscando salida a la calle y otros detuviéronse allí.
Ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles, el interior de aquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz que daba una ventana abierta a la calle. Cubrían las paredes desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos o tres cofres viejos y forrados de piel de cabra ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de mujer, colgada de clavos y alcayatas. En la ventana había tres grandes tiestos con yerbas; y parapetadas tras ellos, dirigiendo por los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujeres hacían fuego sobre los franceses que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Una cargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón entre los tiestos, y, suelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las matas para mirar al campo de batalla.
—¡Manuela Sancho —exclamé, poniendo la mano sobre el hombro de la heroica mujer—, toda resistencia es inútil! Retirémonos.