Episodios nacionales para ninos

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Pero Agustín no aparecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando en medio de tal confusión ni puerta para salir ni escalera para bajar, corría a la ventana para arrojarme fuera, y el espectáculo que se ofreció a mis ojos obligóme a retroceder sin aliento ni fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban, por la derecha, sepultamos entre los escombros de la casa, y parecían conseguirlo sin esfuerzo, por delante, y hacia las eras de San Agustín, la infantería francesa había logrado penetrar por las brechas, rematando a los infelices que ya apenas eran hombres. Era imposible conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre.

Apartéme de la ventana despavorido, fuera de mi. Un trozo de pared estalló, reventó, desgajándose en enormes trozos, y una ventana cuadrada tomó la figura de un triángulo isósceles; el techo dejó ver por una esquina la luz del cielo; los trozos de yeso y las agudas astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior, siguiendo a otros que decían: «¡Por aquí, por aquí!».

—Agustín, Agustín —grité de nuevo, llamando a mi amigo.

Por fin le vi entre los que corríamos pasando de una habitación a otra y subiendo la escalerilla que conducía a un desván.

—¿Estás vivo? —le pregunté.


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