Episodios nacionales para ninos

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Con mi fusil al hombro corrí por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba, andaba sin cesar… Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba como los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina y me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien peleaba; era una fuerza superior, colectiva, un todo formidable que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el heroísmo, a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo de las cabezas, el mecánico arranque muscular…

En el fragor de aquel pugilato[27] entre gigantes pude darme cuenta, sin dolor alguno, de que todo daba vueltas en derredor mío: combatientes, muralla, cielo y tierra giraban… Sin saber cómo, quedé apartado del conjunto activo. Fuerza poderosa me arrojó hacia atrás, y al caer, bañado en sangre, exclamé en voz alta:

—¡Gracias a Dios que me he muerto!

Un paisano, que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras, arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con alegría:

—Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil!


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