Episodios nacionales para ninos

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Dos marineros muertos yacían a su lado; un tercero, gravemente herido, se esforzaba en seguir sirviendo la pieza.

—Compadre —le dijo Marcial—, ya tú no puedes ni encender una colilla.

Arrancó el botafuego de manos del herido y me lo entregó, diciendo:

—Toma, Gabrielillo; si tienes miedo vas al agua.

Esto diciendo cargó el cañón con toda la prisa que le fue posible, ayudado de un grumete que estaba casi ileso; lo cebaron y apuntaron; ambos exclamaron «fuego»; acerqué la mecha y el cañón disparó.

Se repitió la operación por segunda y tercera vez, y el ruido del cañón, disparado por mí, retumbó de un modo extraordinario en mi alma. El considerarme no ya espectador, sino actor decidido en tan grandiosa tragedia disipó por un instante el miedo y me sentí con grandes bríos, al menos con la firme resolución de aparentarlos. Desde entonces conocí que el heroísmo es casi siempre una forma del pundonor.

Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo porque Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo, respiró con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y dijo:


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