Episodios nacionales para ninos

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—No puedo más: se me sube la pólvora a la toldilla (la cabeza). Gabriel, tráeme agua.

Corrí a buscar el agua y cuando se la traje bebió con ansia. Pareció tomar con esto nuevas fuerzas: íbamos a seguir cuando un gran estrépito nos dejó sin movimiento. El palo mayor, tronchado por la fogonadura, cayó sobre el combés y tras él, el de mesana.

Felizmente quedé en hueco y sin recibir más que una ligera herida en la cabeza, la cual, aunque me aturdió al principio, no me impidió apartar los trozos de vela y cabos que habían caído sobre mi. Los marineros y soldados de cubierta pugnaban por desalojar tan enorme masa de cuerpos inútiles y desde entonces sólo la artillería de las baterías bajas sostuvo el fuego. Salí como pude, busqué a Marcial, no le hallé, y habiendo fijado mis ojos en el alcázar note que el comandante ya no estaba allí. Gravemente herido de un astillazo en la cabeza había caído exánime, y al punto dos marineros subieron para trasladarle a la cámara. Corrí también allá y entonces un casco de metralla me hirió en el hombro… Bajé a la cámara, donde por la mucha sangre que brotaba de mi herida me debilité, quedando por un momento desvanecido.

En aquel pasajero letargo seguí oyendo el estrépito de los cañones de la segunda y tercera batería y después una voz que decía con furia:

—¡Abordaje!, ¡las picas!, ¡las hachas!…


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