Episodios nacionales para ninos

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Cuando me vi en la cubierta del «Rayo» creí despertar de un mal sueño, me sentí resucitado que vuelve al mundo de los vivos. Mi pobre amo, don Alonso, a quien metidos en la cámara, sacó su rosario y rezando estuvo hasta el amanecer, sin parar mientes en mí. Al pobre señor se le había ido el santo al cielo y no se daba cuenta de su triste situación. Marcial fue conducido al sollado, donde le acompañé y asistí lo mejor que pude. Sus heridas y contusiones me parecieron graves; su ánimo, que era en él lo más fuerte, se hundía como una casa quebrantada por terremotos o un barco deshecho por las olas.

Dios tenía dispuesto, sin duda, que nuestras desdichas no tuviesen término o que pereciéramos todos para que en la catástrofe de Trafalgar no quedase uno sólo que pudiera contarlo. Frente a Cádiz, el «Rayo» se plantó como un caballo loco, y ni por buenas ni por malas quería entrar en la bahía. El violento sudoeste, que barría la costa, se lo llevaba por delante, al empuje de su escoba furibunda. Sin gobierno de timón ni velamen, corría desbocado. Por estribor íbamos dejando atrás Rota, Punta Candor, Regla, Chipiona, y, al fin, nuestro pobre y alocado «Rayo» fue a embarrancar en un playazo próximo a Sanlúcar, donde quedó clavadito y en disposición de que el mar lo deshiciera tabla por tabla.


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