Episodios nacionales para ninos

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II

Hecho ya un hombrecito de agradable trato y no mala figura, según me decían, entré en el año 8, de trágica memoria. De los años 6 y 7 traía yo buena carga de conocimientos; había cursado con provecho varias asignaturas de la ciencia del mundo, y en picardías de buena ley podría graduarme con pocos repasos más que en Madrid me dieran. De lo que no venía cargado, sino muy ligero, sábelo Dios, era de maravedíes[2], pues nunca me vi tan pobre. ¡Y gracias que podía vivir de mi trabajo! Meses antes aprendí el oficio de cajista, y en marzo del año 8, ganaba tres reales por ciento de líneas en el «Diario de Madrid»… Del arqueo de mis tesoros resultaba: dinero, poco; amigos, muchos; ilusiones, sin cuento. Lo más positivo era el renglón de amistades, porque yo las tenía buenas y variadas. Ya las iré sacando a relucir conforme lo exija mi relato.

Como las horas de trabajo, desgraciadamente, no eran muchas, de noche me divertía en parrandas o bailes de candil, de día paseaba con mis amigos, haciendo alto en tiendas donde había tertulias, que en cierto modo eran las gacetas de Madrid. En ellas recogía yo y en ellas depositaba, como receptor y conductor de la opinión, los rumores de la vía pública, que desde los comienzos del año fueron vagos airecillos, luego corrían con soplo cortante y silbo molesto, y ya en marzo traían crujido[3] y retemblor, amenazando huracanarse.


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