Memorias de un cortesano de 1815
Memorias de un cortesano de 1815 —¡Enorme error!… pero en fin, nada se ha perdido. Ahora bien: ¿puedo saber desde cuándo?…
—¿Desde cuándo? —repitió en un tono que revelaba sin género de duda cortedad de genio.
—Pero no me lo confiese Vd., niña —dije con viveza—. A ver si lo adivino yo. ¿Apostamos a que lo adivino?
—¿Apostamos a que no?
—¡Ay! Presentacioncita, yo no carezco de perspicacia. Desde aquella noche en que salimos de casa y tuvimos la malhadada aventura de la calle del Bastero, y aquel descomunal susto, cuando me vi precisado a hacer uso de las armas…
—Que se quema, que se quema Vd.
—Sí, desde aquella noche, desde aquel encuentro con dos caballeros desconocidos, cuando Vd. perdió el sentido y… ¿acierto, mi señora doña Presentacioncita? ¿Sí o no?
—Sí —repuso con voz que apenas se oía, más semejante a un suspiro que a una voz.
Alzando los ojos contemplaba el cielo con tristeza.
—Pues bien —añadí lleno de entusiasmo—, los pensamientos de Vd. se avienen perfectamente con lo que yo tenía que decirle. Nos entendemos. ¡Benditos corazones los nuestros que así concuerdan, respondiendo el uno a los afanes del otro!