Misericordia
Misericordia —Ese libro —dijo Benina, que al punto vislumbró un negocio—, me lo dio un pariente de mi señora, para que lleváramos por apuntación el gasto; pero no sabemos. Ya no está la Magdalena para estos tafetanes, como dijo el otro… Y ahora pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, les conviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.
—¿Cuánto?
—Por ser para ustedes, dos reales.
—Es mucho —dijo Cuarto e kilo, mirando las hojas del libro, que continuaba en manos de su compañera—. Y ¿para qué lo queremos nosotras, si nos estorba lo negro?
—Toma —indicó Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con el dedo mojado en saliva, las hojas—. Se marca con rayitas: tantas cantidades, tantas rayas, y así es más claro… Se da un real, ea.
—¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos pesetas».