Misericordia
Misericordia Duró largo rato la despedida, porque tanto Doña Paca como Frasquito repitieron, en el tránsito desde la salita a la escalera, sus expresiones de gratitud como unas cuarenta veces, con igual número de besos, más bien más que menos, en la mano del sacerdote. Y cuando desapareció por las escaleras abajo el gran Cedrón, y se vieron solos de puerta adentro la dama rondeña y el galán de Algeciras, dijo ella: «Frasquito de mi alma, ¿es verdad todo esto?».
—Eso mismo iba yo a preguntar a usted… ¿Estaremos soñando? ¿Usted qué cree?
—¿Yo?… no sé… no puedo pensar… Me falta la inteligencia, me falta la memoria, me falta el juicio, me falta Nina.
—A mí también me falta algo… No sé discurrir.
—¿Nos habremos vuelto tontos o locos?…
—Lo que yo digo: ¿por qué nos niega D. Romualdo que su sobrina se llama Patros, que le proponen para Obispo, y que le regalaron un conejo?
—Lo del conejo no lo negó… dispense usted. Dijo que no se acordaba.
—Es verdad… ¿Y si ahora, el D. Romualdo que acabamos de ver nos resultase un ser figurado, una creación de la hechicería o de las artes infernales… vamos, que se nos evaporara y convirtiera en humo, resultando todo una ilusión, una sombra, un desvarío?…