Misericordia
Misericordia Curiosa, como hembra, no pudo menos de guluzmear en los paquetes que llevó Ponte. «¿A ver qué trae usted ahí? Mire que no he de permitirle tirar el dinero. Veamos: un hongo claro… Bien, me parece muy bien. A buen gusto nadie le gana. Botas altas… ¡Hombre, qué elegantes! Vaya un pie: ya querrían muchas mujeres… Corbatas: dos, tres… Mira, Obdulia, qué bonita esta verde con motas amarillas. Un cinturón que parece un corsé-faja. Bueno debe de ser esto para evitar que crezca el vientre… Y esto ¿qué es?… ¡Ah! espuelas. Pero Frasquito, por Dios, ¿para qué quiere usted espuelas?»
—Ya… es que va a salir a caballo —dijo Obdulia gozosa—. ¿Pasará por aquí? ¡Ay, qué pena no verle!… ¿Pero a quién se le ocurre vivir en este cuartucho interior, sin un solo agujero a la calle?
—Cállate, mujer, pediremos a la vecina, Doña Justa, la profesora de partos, que nos permita pasar y asomarnos cuando el caballero nos ronde la calle… ¡Ay, pobre Nina, cuánto se alegraría también de verle!