Misericordia
Misericordia Explicó Ponte Delgado su inopinado renacer a la vida hípica, por el compromiso en que se veía de ir al Pardo en excursión de recreo con varios amigos, de la mejor sociedad. Él solo iba a caballo; los demás, a pie o en bicicleta. De las distintas clases de sport o deportes hablaron un rato con grande animación, hasta que les interrumpió la entrada de Juliana, la mujer de Antonio, que desde la noticia de la herencia frecuentaba el trato de su suegra y cuñada. Era mujer garbosa, simpática, viva de genio, de tez blanca y magnífico pelo negro, peinado con arte. Cubría su cuerpo con mantón alfombrado, y la cabeza con pañuelo de seda de cuarteles chillones; calzaba preciosas botinas, y sus bajos denotaban limpieza y un buen avío de ropa. «¿Pero esto es el Retiro, o la Alameda de Osuna? —dijo al ver el enorme follaje de arbustos y flores—. ¿A qué viene tanta vegetación?»
—Caprichos de Obdulia —replicó Doña Paca, que se sentía dominada por el carácter, ya enérgico, ya bromista, de su graciosa nuera—. Esta monomanía de hacer de mi casa un bosque, me está costando un dineral.