Misericordia

Misericordia

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—«Hola, Nina, ¿tú por aquí? ¿Has parecido ya? Creímos que te habías ido al Congo… No pases, no entres; quédate ahí, que nos vas a poner perdidos los suelos, lavados de esta tarde… ¡Bonita vienes!… Quita allá esas patas, mujer, que manchas los baldosines…»

—¿En dónde está la señora? —dijo Nina, volviendo a mirar los diamantes y esmeraldas, y dudando ya que fueran efectivos.

—La señora está aquí… Pero te dice que no pases, porque vendrás llena de miseria…

En aquel momento apareció por otro lado la señorita Obdulia, chillando: «Nina, bien venida seas; pero antes de que entres en casa, hay que fumigarte y ponerte en la colada… No, no te arrimes a mí. ¡Tantos días entre pobres inmundos!… ¿Ves qué bonito está todo?».

Avanzó Juliana hacia ella sonriendo; pero al través de la sonrisa, hubo de vislumbrar Nina la autoridad que la ribeteadora había sabido conquistar allí, y se dijo: «Esta es la que ahora manda. Bien se le conoce el despotismo». A las arrogancias revestidas de benevolencia con que la acogió la tirana, respondió Nina que no se iría sin ver a su señora.

—Mujer, entra, entra —murmuró desde el fondo del comedor, con voz ahogada por los sollozos la señora Doña Francisca Juárez.


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