Misericordia

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—Yo de buena gana te recibiría otra vez aquí —afirmó Doña Francisca, a cuyo lado, en la sombra, se puso Juliana, sugiriéndole por lo bajo lo que había de decir—; pero no cabemos en casa, y estamos aquí muy incómodas… Ya sabes que te quiero, que tu compañía me agrada más que ninguna… pero… ya ves… Mañana estaremos de mudanza, y se te hará un hueco en la nueva casa… ¿Qué dices? ¿Tienes algo que decirme? Hija, no te quejarás: ten presente que te fuiste de mala manera, dejándome sin una miga de pan en casa, sola, abandonada… ¡Vaya con la Nina! Francamente, tu conducta merece que yo sea un poquito severa contigo… Y para que todo hable en contra tuya, olvidaste los sanos principios que siempre te enseñé, largándote por esos mundos en compañía de un morazo… Sabe Dios qué casta de pájaro será ese, y con qué sortilegios habrá conseguido hacerte olvidar las buenas costumbres. Dime, confiésamelo todo: ¿le has dejado ya?

—No, señora.

—¿Le has traído contigo?

—Sí, señora. Abajo está esperándome.

—Como eres así, capaz te creo de todo… ¡hasta de traérmele a casa!

—A casa le traía, porque está enfermo, y no le voy a dejar en medio de la calle —replicó Benina con firme acento.


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