Misericordia
Misericordia En cuanto cenaron se recogieron en casa de Bernarda, dormitorios de abajo, a dos reales cama. Muy tranquilo estuvo Almudena toda la noche, sin poder coger el sueño, delirando con el viajecito a Jerusalén; y Benina, por ver de calmarle, mostrábase dispuesta a emprender tan larga peregrinación. Inquieto y dolorido, cual si la cama fuera de zarzas punzadoras, Mordejai no hacÃa más que volverse de un lado para otro, quejándose de ardores en la piel y de picazones molestÃsimas, las cuales no eran motivadas, dicha sea la verdad, por cosa alguna tocante a la miseria que se combate con polvos insecticidas. Ello provenÃa quizás de un extraño giro que la fiebre tomaba, y que se manifestó a la mañana siguiente en un rojo sarpullo en brazos y piernas. El infeliz se rascaba con desesperación, y Benina le llevó a la calle, con la esperanza de que el aire libre y el ejercicio le servirÃan de alivio. Después de vagar pidiendo, por no perder la costumbre, fueron a la calle de San Carlos, y subió Benina a ver a Juliana, que allà le tenÃa su ropa, y se la dio en un lÃo, diciéndole que mientras gestionaban para que fuese recogida en la Misericordia, se albergara en cualquier casa barata, con o sin el hombre, aunque mejor le estaba, para su decoro, dejarse de compañÃa y tratos tan indecentes. Añadió que en cuanto se limpiara bien de toda la inmundicia que habÃa traÃdo del Pardo, podÃa ir a visitar a Doña Paca, que gozosa la recibirÃa; pero que no pensase en volver a su lado, porque los hijos se oponÃan a ello, atentos a que su mamá estuviese bien servida, y suministrada con regularidad. Con todo se mostró conforme la buena mujer, que en ello veÃa una voluntad superior incontrastable.