Zumalacárregui
Zumalacárregui Desde aquel día, se le llevó el primo a su alojamiento, y pudo recorrer libremente la ciudad, hablar con todo el mundo, renovar antiguas relaciones. Saboreaba la libertad con inefables goces; todo le parecía bello, el caserío y sus habitantes, hermosas las iglesias, la campiña risueña, esmaltada de ricos colores. Comúnmente se metía en el vetusto San Miguel, en San Pedro o en la Virgen del Puy, y se pasaba largas horas en fervoroso rezo, renegando de su pasada devoción del acaso. Dios lo gobierna todo, y procede con una lógica insondable, desconocida para nuestras pobres inteligencias. A Dios debemos acudir siempre en nuestras necesidades; a Dios debía la libertad; la mano omnipotente le señalaba el campo cristino. Acordándose de la misión que le había dado el Sr. Arespacochaga, vio en este señor a uno de los mayores mentecatos que andaban por el mundo, y resolvió proseguir por cuenta propia la cacería de Saloma, sin cuidarse poco ni mucho de las impertinencias policiacas del Cuartel Real. Ningún nuevo indicio del paradero de la hija de Ulibarri encontró en Estella, y sólo podía consignar corazonadas, inexplicables fenómenos del espíritu, que dominaban su voluntad y la llevaban a extraños desvaríos. Una tarde, volviendo de San Pedro, vio un rebaño de ovejas, que entraba en la ciudad bajando del Santo Sepulcro. Acosadas las reses por el pastor, corrían balando. Fago las oyó decir Mé, Mé, y esta sílaba, claramente expresada por los animalitos, impresionó su cerebro, y lo llenó de intensa melancolía. Siguiendo al rebaño por la calle de Santiago la Nueva, oía la repetición del nombre: los corderos lo decían con infantil lloriqueo; las madres con familiaridad gangosa. Hasta las personas que el ganado veían pasar pronunciaban, en el sentir de Fago, el quejumbroso Mé, y él también se puso a gritar lo mismo, corriendo al lado del pastor, y ayudando a éste a recoger las reses que se desviaban de la línea recta.