Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Ante aquellas palabras, el joven Príncipe se sintió inflamado. Creyó sin vacilar que llevaría a cabo tan bella aventura; y, empujado por el amor y la gloria, determinó ver en el acto qué era aquello. Apenas avanzó hacia el bosque, cuando todos los grandes árboles, las zarzas y los espinos se apartaron por sí mismos para dejarlo pasar: se dirige[86] hacia el castillo que veía al fondo de una gran alameda, por donde entró, y lo que le sorprendió un poco fue que nadie de su gente había podido seguirlo, porque los árboles volvieron a juntarse en cuanto él hubo pasado.
No dejó de proseguir su camino: un príncipe joven y enamorado siempre es valiente. Entró en un gran patio, donde todo lo que vio al principio era para helarlo de espanto: había un silencio horroroso, la imagen de la muerte aparecía por todas partes, y no había más que cuerpos tendidos de hombres y animales, que parecían muertos. Sin embargo, por la nariz llena de granos y la cara bermeja de los porteros, conoció que solo estaban dormidos, y sus tazas, donde quedaban todavía algunas gotas de vino indicaban claramente que se habían dormido bebiendo.