Cuentos de Perrault

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El Príncipe, encantado de aquellas palabras y más aún del modo de decirlas, le aseguró que la quería más que a sí mismo. Sus razones resultaron desordenadas, pero por eso gustaron más. Poca elocuencia, mucho amor. Estaba más confuso que ella y no hay de qué extrañarse. A ella le había dado tiempo de soñar en lo que tendría que decirle, porque parece ser (la historia, sin embargo, no dice nada de esto) que el hada buena le había proporcionado el placer de soñar cosas agradables durante tan largo sueño.

En fin, llevaban cuatro horas hablándose y todavía no se habían dicho la mitad de las cosas que tenían que decirse.

Entre tanto, todo el palacio se había despertado al mismo tiempo que la Princesa: cada uno pensaba en su tarea y, como no todos estaban enamorados, se morían de hambre; la dama de honor, que tenía prisa como los demás, se impacientó y dijo en alta voz a la Princesa que la comida estaba servida. El Príncipe ayudó a la Princesa a levantarse. Estaba vestida del todo y con suma magnificencia; pero él se guardó muy mucho de decirle que iba vestida como su abuela y que llevaba todavía gorguera[88]; no por eso estaba menos hermosa.


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