Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault La Reina, por más prudente que fuera, no pudo menos de reprocharle un dÃa varias veces su tonterÃa, con lo que la pobre Princesa pensó morir de dolor.
Un dÃa en que se habÃa retirado a un bosque para llorar su desgracia, vio que se le acercaba un hombrecillo muy feo y muy desagradable, pero magnÃficamente vestido. Era el joven prÃncipe Riquete el del copete, que, habiéndose enamorado de ella por los retratos que circulaban por todo el mundo, habÃa abandonado el reino de su padre para tener el placer de verla y de hablar con ella.
Encantado de encontrarla asà sola, la aborda con todo el respeto y toda la cortesÃa imaginables. Habiendo notado, después de hacerle los cumplidos de rigor, que estaba melancólica, le dijo:
—No comprendo, señora, cómo una persona tan hermosa como vos pueda estar tan triste como parecéis; porque, aunque puedo alabarme de haber visto infinidad de personas hermosas, puedo decir que jamás he visto a nadie cuya belleza se iguale a la vuestra.
—Eso lo diréis vos, señor —le respondió la Princesa, y no pasó de ahÃ.
—La belleza —prosiguió Riquete el del copete— es una ventaja tan grande, que debe de suplir todo lo demás. Y, cuando se la posee, no veo nada que pueda afligiros mucho.