Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault La Princesa tenía tan poca inteligencia y al mismo tiempo tantas ganas de tenerla, que pensó que el fin de ese año no llegaría nunca; de modo que aceptó la proposición que se le hacía. Apenas hubo prometido a Riquete el del copete que se casaría con él dentro de un año, tal día como aquel, cuando se sintió completamente distinta de lo que era antes; notó que tenía una facilidad increíble para decir todo lo que le apetecía y para decirlo de una manera fina, suelta y natural. Desde aquel momento entabló una conversación elegante y sostenida con Riquete el del copete, donde brilló con tal fuerza, que Riquete el del copete pensó que le había dado mucha más inteligencia de la que se había reservado para sí mismo.
Cuando regresó al palacio, toda la Corte no sabía qué pensar de cambio tan súbito y tan extraordinario, porque igual que la habían oído antes decir impertinencias, ahora la oían decir cosas muy sensatas e infinitamente ingeniosas.
Toda la Corte sintió una alegría como no se puede imaginar; solo la menor no se alegró de ello, porque, al no tener ya sobre su hermana mayor la ventaja de la inteligencia, parecía a su lado una mona muy desagradable.

El Rey se guiaba por su parecer y hasta a veces iba a celebrar Consejo a sus aposentos.