Cuentos de Perrault

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Llegaron por fin a la casa donde se veía la luz, no sin pasar mucho miedo, pues con frecuencia la perdían de vista, cosa que les ocurría cada vez que descendían algún declive del terreno. Llamaron a la puerta y salió a abrirles una mujer. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían perdido en el bosque, y le pedían por caridad que los dejara pasar la noche. Aquella mujer, al verlos a todos tan guapos, se echó a llorar y les dijo:

—¡Ay, pobres hijos! ¡Adónde habéis venido a parar! ¿No sabéis que esta es la casa de un ogro que se come a los niños pequeños?

—¡Ay, señora! —le respondió Pulgarcito, que temblaba como un azogado[122] lo mismo que sus hermanos—. ¿Qué podemos hacer? Seguro que los lobos del bosque no dejarán de comernos esta noche si no queréis recogernos en vuestra casa. Y, siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; a lo mejor tiene compasión de nosotros si vos queréis rogárselo.

La mujer del ogro, que creyó que podría ocultárselos a su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse al lado de una buena lumbre; pues estaba asándose un cordero entero para la cena del ogro. Cuando empezaban a calentarse, oyeron tres o cuatro golpes a la puerta: era el ogro, que volvía.


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