Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault Los sacó de debajo de la cama uno tras otro. Los pobres niños se pusieron de rodillas pidiéndole perdón; pero tenÃan que vérselas con el más cruel de todos los ogros, el cual, muy lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decÃa a su mujer que saldrÃan sabrosos trozos cuando hubiera hecho una buena salsa con ellos. Fue a coger un gran cuchillo y, según iba acercándose a los pobres niños, lo afilaba con una larga piedra que llevaba en la mano izquierda.

Ya habÃa agarrado a uno, cuando le dijo su mujer:
—¿Qué queréis hacer con la hora que es? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana?
—Cállate —repuso el ogro—, asà estarán más tiernos.
—¡Pero si tenéis todavÃa mucha carne! —prosiguió su mujer—: un ternero, dos corderos y la mitad de un cerdo.
—Tienes razón —dijo el ogro—; dales bien de cenar para que no adelgacen y llévalos a acostar.
La buena mujer estaba radiante de alegrÃa y les dio bien de cenar, pero no pudieron comer de tanto miedo como tenÃan. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener con qué agasajar a sus amigos. Bebió una docena de tragos más que de costumbre, lo que hizo que se le subiera un poco a la cabeza y lo obligara a ir a acostarse.