Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault —Yo os pedirÃa aún —continuó hablando el primero— que quitéis los pensamientos cristianos de Grisélidis, cuando dice que es Dios el que quiere probarla; es un sermón fuera de lugar. Tampoco puedo sufrir las crueldades del prÃncipe, me sacan de quicio; yo las suprimirÃa. Es verdad que forman parte de la historia, pero no importa. También quitarÃa el episodio del joven caballero, que no está ahà más que para casarse con la princesa; eso alarga excesivamente el cuento.
—Pero —le dije yo— sin eso el cuento acabarÃa mal.
—No sabrÃa qué deciros —respondió—, pero yo no dejarÃa de quitarlo.
A los pocos dÃas repetà la misma lectura ante otros dos amigos, que no me dijeron una sola palabra acerca de los pasajes de que acabo de hablar, pero me pusieron cantidad de reparos en otros.
—Muy lejos de quejarme del rigor de vuestra crÃtica —les dije—, de lo que me quejo es de que no sea lo suficientemente severa: os habéis dejado pasar un sinfÃn de pasajes que a otros les parecen muy dignos de censura.
—¿Como cuál? —dijeron ellos.
—Parece ser —les dije— que el carácter del prÃncipe está descrito con excesiva extensión, y que a nadie se le da nada de saber lo que hacÃa por la mañana y menos por la tarde.