Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault caballos grandes y pequeños, fuertes,
de toda raza y suertes,
con hermosas gualdrapas enjaezados,
rígidas por el oro y los bordados;
pero lo que asombraba
a todo el que allí entraba
era que, en el lugar más aparente[43],
todo un maese asno lindamente
sus dos largas orejas ostentaba.
Quizá os sorprenda un tanto
una injusticia tal,
mas seguro que en cuanto
conozcáis sus virtudes sin igual,
no os parecerá grande en demasía
todo el honor de que se lo cubría.
Tan limpio lo formó naturaleza,
que nunca se ensuciaba,
y en lugar de boñigos él soltaba
buenos luises[44] y escudos, pieza a pieza,
que, en cuanto despertaba,
cada mañana allí se recogía
sobre la rubia cama[45] en que dormía.
El cielo, que se cansa en ocasiones
de contentar al hombre, y con sus dones
siempre suele mezclar el contratiempo,
como mezcla la lluvia y el buen tiempo,
permitió que una enfermedad rabiosa