Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault minase de repente
los dÃas de la reina venturosa.
Se buscan prontamente[46]
remedios por doquier, pero ni toda
la facultad que estudia y cursa al Griego[47],
ni tanto charlatán como hay de moda
pudieron apagar juntos el fuego
que la fiebre encendÃa
y que se incrementaba dÃa a dÃa.
Cuando al fin le llegó su hora postrera
dijo al rey, su marido:
«No me toméis a mal que antes que muera
os exija una cosa,
y es que si, cuando yo ya me haya ido,
quisierais otra vez tomar esposa…».
«¡Ah! —dijo el rey—. Perded todo cuidado,
pues pensar que tendré nuevo deseo
de casarme es pensar en lo excusado».
La reina replicó: «Yo asà lo creo,
si he de juzgar por vuestro amor vehemente;
mas, para estar segura totalmente,
que me lo juréis quiero,
con la excepción, empero,
de que si halláis una mujer más bella,
mejor hecha que yo, buena y prudente,
vos podréis prometeros libremente
y casaros con ella».