Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault de beldades, ni el campo, ni la villa,
ni los reinos vecinos,
recorridos en todos sus caminos,
pudieron proveer otra como ella;
la infanta únicamente era más bella
y un juvenil encanto poseía
que la difunta al fin ya no tenía.
El mismo rey también cayó en la cuenta
y, ardiendo de pasión tan violenta,
en su locura dio en imaginarse
que con ella tenía que casarse.
Llegó a encontrar incluso un casuista[49]
que, resolviendo el caso a simple vista,
juzgó posible la proposición.
Pero, de oír hablar de tal pasión,
la princesa, sombría,
se quejaba y lloraba noche y día.
Con el alma cargada
de penas, fue a buscar a su madrina,
muy lejos, a una cueva retirada,
que en nácar y coral era una mina
de tan profusamente engalanada.
Se trataba de un hada
admirable, sin duda un hada aparte,
que no tuvo rival nunca en su arte.
(Supongo que deciros es ocioso
qué era un hada en aquel tiempo dichoso,