Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault a decirlo a su padre enamorado,
quien inmediatamente
pasó un comunicado
a los mejores sastres del estado,
advirtiéndoles que, si no le hacían,
sin tardar demasiado,
un vestido color del tiempo, irían
a parar a la horca de contado.
Cuando el segundo día
no había despuntado todavía,
trajeron el vestido deseado:
del empíreo el azul más encendido,
cuando de nubes de oro va ceñido,
no presenta un color más azulado.
La infanta, traspasada
de dolor y alegría,
no sabe qué decir ni cómo haría
para escapar a la palabra dada.
«Princesa —al punto díjole al oído
su madrina—, pedidle otro vestido,
que sea mucho más resplandeciente
y aún menos corriente:
decid que lo queréis color de luna.
No os lo podrá ofrecer, sin duda alguna».
Apenas la princesa hubo pedido
el famoso vestido,
cuando el rey ordenó a su bordador: