Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault «Que no pueda tener más resplandor
ni el astro de la noche, y que tu gente
me lo haga en cuatro días puntualmente».
En la indicada fecha
la rica vestidura estuvo hecha,
tal como el rey la había detallado.
Cuando la noche en lo alto de los cielos
ha extendido sus velos,
la luna, con su manto plateado,
no se muestra tan regia e imponente
en medio de su curso diligente,
cuando su claridad, más viva que ellas,
hace palidecer a las estrellas.
La princesa quedó tan admirada
al ver aquel vestido
de tan maravilloso colorido,
que estaba a consentir determinada;
pero, por su madrina allí inspirada,
dijo al príncipe amante:
«Yo no podré tener gozo cumplido
hasta que no posea otro vestido
aún mucho más brillante
y del color del sol». Siempre galante,
el rey, que a su manera
la amaba con amor extraordinario,
llamó al instante a un rico lapidario[51]
y luego le ordenó que se lo hiciera