Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault de un soberbio tejido
de diamantes y de oro guarnecido,
diciendo que, de no quedar contento,
lo haría perecer en el tormento.
No tuvo el rey que molestar su mano
en cumplir su amenaza soberana,
pues, antes de acabada la semana,
el hábil artesano
trajo su obra preciosa,
tan radiante, tan viva, tan hermosa,
que el rubicundo amante de Climene[52]
no deslumbra los ojos y no tiene
brillantez tan profusa,
cuando en su carro de oro de Este a Oeste
pasea por la bóveda celeste.
La infanta, a quien confusa
acaban de dejar aquellos dones,
no sabe qué razones
responder a su padre y rey. Al punto
su madrina intervino en el asunto,
la tomó de la mano
y le dijo al oído con gran tino:
«Vamos por buen camino,
no hay que desanimarse tan temprano.
¿Tan extraño es que pueda
haceros un magnífico presente
mientras el asno que sabéis le queda,