Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault y con sus aparejos
arribó finalmente a una alquería,
en donde la granjera requería
alguna merdellona[54],
cuya industria llegara en su trabajo
hasta lavar rodillas, ser fregona,
y limpiar a los cerdos el dornajo[55].
Al fondo, en un rincón de la cocina,
la echaron sin cuidados,
en donde los criados,
gentuza libertina,
nunca paraban de mortificarla,
contradecirla y ridiculizarla;
no sabían qué pieza
jugarle[56] ya, acosándola a diario;
era el blanco ordinario
de toda broma, pulla y agudeza.
Los domingos hallaba
un poco de descanso en su condena;
acabada temprano la faena,
se metía en su cuarto, se encerraba,
la mugre se quitaba,
abría luego su baúl viajero,
armaba el tocador con gran esmero
y encima sus tarritos colocaba.
Contenta y satisfecha ante el espejo,
el vestido de luna se ponía,