Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault El hijo del rey iba con frecuencia
a aquella encantadora residencia,
siempre que, al regresar
de la caza, quería descansar
y beber con los nobles de su corte.
No fue Céfalo[61] de belleza tal:
era su noble porte,
y su aspecto marcial,
propio para espantar con su presencia
al batallón de más fiera insolencia.
Piel de Asno lo vio en la lejanía
con ternura y cariño,
y él dedujo de aquella su osadía
que debajo de tanto desaliño,
sus harapos y aquella mugre espesa,
latía el corazón de una princesa.
«¡Qué noble, aunque parece descuidado,
qué amable —decía ella—,
y cuán feliz debe de ser la bella
a quien su corazón haya entregado!
Si me honrase con un traje de nada,
el más humilde de los atavíos,
me sentiría más engalanada
que con todos los míos».
Un día el joven príncipe vagaba
de corral en corral a la aventura,
y atravesó una galería oscura,