Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault por igual rechazaba a todo el mundo.
Fue preciso llegar últimamente
a las criadas, a las cocineras,
a las paveras, a las lavanderas,
y, resumidamente,
la flor y nata de lo pueblerino,
cuyas zarpas, negruzcas y encarnadas,
no menos que las manos delicadas,
esperaban también feliz destino.
Se presentaron mozas a patadas,
con un dedo tan poco femenino,
rechoncho y abultado,
que, por mucho que empuja
la sortija del príncipe anhelado,
con más dificultad habría pasado
que un cable por el ojo de una aguja.
Se creyó que la prueba terminaba,
porque, en efecto, ya solo faltaba
la pobre Piel de Asno en su cocina.
«¿Pero cómo hay quien crea —dijo uno—
que a reinar a esa el cielo la destina?».
Mas el príncipe dijo al importuno:
«¿Y por qué no? Que venga esa cuitada».
Todo el mundo soltó la carcajada,
y a voces dicen: «¿Qué significa esto?
¿Es que va a entrar aquí ese coco infesto?».
Pero cuando sacó la vil sirvienta