Cuentos de Perrault
Cuentos de Perrault de asombro y de sorpresa,
vio una larga morcilla que, saliendo
de una esquina junto a la chimenea,
se aproximaba a ella serpenteando.

Al pronto lanzó un grito, mas pensando
que la imprudente idea
que su marido por torpeza pura
propuso, ocasionaba la aventura,
no hubo injuria ni pulla ni improperio
que, de rabia y coraje, no dijera
al pobre esposo. «Cuando se pudiera
—le decía— obtener todo un imperio,
oro, perlas, rubíes y diamantes,
vestidos que causaran maravilla,
¿no tienes cosas más interesantes
que desear morcilla?».
«Bueno, me he equivocado,
he andado en mi elección desacertado
—dijo él—, una gran falta he cometido;
para otra vez lo haré con más sentido».
«¡Ya —dijo ella—, espérame sentado!
¡Se necesita ser un animal
para poder tener deseo tal!».
Más de una vez, de cólera llevado,
el buen esposo se sintió tentado
de formular allí el deseo mudo