La educacion del estoico
La educacion del estoico El modo en que vestiría, las maneras que tendría, cómo recibiría en mi casa, donde quizá no tendría que recibir a nadie, las torpezas de mis frases o de mi actitud, que su cariño no me podría hacer olvidar y que su dedicación no podría ocultar… todo esto se alzaba ante mí como una aparición de cosas serias, como si fuera un argumento, en las vigilias en que me debatía entre el deseo de tenerla y la vasta red de imposibilidades que siempre me ha enmarañado.
Recuerdo todavía, con una precisión en la que [se] entremezcla el perfume vago del aire de primavera, la tarde en que, meditando sobre estas cosas, decidí renunciar al amor como si renunciara a un problema irresoluble. Fue en mayo; un mayo de verano suave, florido con diversos colores en pequeñas extensiones de la quinta cuando la lenta caída de la tarde comenzaba. Yo paseaba mis remordimientos entre mis pocos arbolados. Había cenado pronto y caminaba, solo como un símbolo, bajo las sombras vanas y el susurro acompasado de las ramas oscilantes. De repente se apoderó de mí un deseo de intensa abdicación, de clausura firme y última, una repugnancia por haber tenido tantos deseos, tantas esperanzas, con tanta facilidad externa para realizarlos, y tanta imposibilidad íntima para poder quererlo. Data de ese momento suave y triste el principio de mi suicidio[13].