La educacion del estoico

La educacion del estoico

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Nunca he podido convencerme de que podía, o de que alguien podría con seguridad aliviar profundamente, y mucho menos dar cura, a los males humanos. Pero tampoco he podido sacarlos[36] nunca de mi pensamiento; la menor angustia humana —es más, la más remota imaginación de ella— siempre me ha angustiado, me ha trastornado, me ha quitado el poder de concentrarme y de egoizarme[37]. El convencimiento de que cualquier terapéutica para el alma es fútil debería situarme, sin duda, en la cumbre de la indiferencia, donde las nubes de aquel mismo convencimiento ocultaran por completo las agitaciones de la tierra. Sin embargo, el pensamiento, poderoso como es, nada puede contra la rebeldía de la emoción. No podemos dejar de sentir, como podemos dejar de andar. Así, asisto y siempre he asistido, desde que recuerdo que siento, con las emociones más nobles, al dolor, a la injusticia y a la miseria que hay en el mundo, del mismo modo que un paralítico asistiría al ahogamiento de un hombre al que nadie, aunque fuese válido, podría salvar. El dolor ajeno provocó en mí otros dolores: el de verlo, el de ver que era irreparable, y el de saber que, sabiendo que es irreparable, empobrece incluso la inútil nobleza de querer repararlo. Al final, mi falta de impulso ha sido siempre el origen de todos estos males: el no saber querer antes de pensar, el no saber entregarme, el no saber decidir del único modo en que se decide —con la decisión, y no con el conocimiento—, el asno de Buridán que muere en la bisectriz matemática de la calidad de la emoción y de la paja del esfuerzo, pudiendo, si no pensara, morir, pero no de hambre ni de sed.


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