La educacion del estoico

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Toda mi vida ha sido una batalla perdida sobre el mapa; ni siquiera tuve cobardía en el campo, donde tal vez no la habría tenido, sino en el despacho del jefe[41] del Estado Mayor, siempre aislado y con su convicción de la derrota. No se atrevió con el plan, porque habría de ser imperfecto; no se atrevió a hacerlo perfecto, aunque no habría podido serlo en realidad, porque la convicción de que no sería perfecto anuló la voluntad con que éste, aunque imperfecto, siempre se podría intentar. Tampoco se me ocurrió nunca que, aunque el plan fuera imperfecto, pudiera ser más perfecto que el del enemigo. Y es que mi verdadero enemigo, victorioso sobre mí en nombre de Dios, era aquella misma idea de perfección, que aparecía, más que como[42] todas las huestes del mundo, como la vanguardia trágica de todos los ejércitos del mundo[43].

… cuando en París me batí (en duelo) con el marqués de Plombières.

Es cierto, considero el duelo un absurdo. Sin embargo, me pareció que, habiendo vivido siempre, como todo el mundo, bajo la aceptación, voluntaria o involuntaria, de las convenciones sociales —gozando, por el prestigio social de mi título, de sus ventajas— era [indecente][44] eludir el ejercicio de una de ellas por ser ésta la única que me hacía correr un riesgo.


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