La educacion del estoico

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No había en mi casa una criada a la que no pudiera haber seducido. Pero algunas eran grandes o, si no lo eran, me lo parecían por la exuberancia vital, y ante éstas yo tenía una timidez anticipada, incluso asustadiza: ni en sueños me imaginaba seduciéndolas. Otras eran pequeñas, frágiles, y sentía pena. Otras eran feas. Y así pasé junto a la particularidad del amor casi como pasé junto a la generalidad de la vida.

El miedo de hacer daño a los demás, la sensualidad de las consecuencias, la conciencia del existir real de otras almas…, estas cosas fueron impedimentos en mi vida, y hoy me pregunto de qué me sirvieron o a quién le sirvieron. Las muchachas a las que no seduje fueron seducidas por otros, pues[52] alguien tenía que seducirlas. Donde yo tuve melindres, otros no los tuvieron; y después de ver lo que habían hecho, lo que al final era aquello, me pregunté: ¿para qué tuve que pensar tanto si dolió hacerlo[53]?







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