Libro del desasosiego
Libro del desasosiego En el fondo, ningún otro placer que el del análisis del dolor, ni otra voluptuosidad que el colear líquido y doliente de las sensaciones cuando se desmigajan y se descomponen —leves pasos en la sombra incierta, suaves al oído, y ni siquiera nos giramos para saber de quiénes son, desvaídos cantos lejanos, suaves al oído y nos volvemos para saber qué son, desvaídos cantos lejanos, cuyas palabras no pretendemos entender, embriagados más por lo que esas palabras quieran decir que por la incertidumbre de dónde vengan; tenues secretos de pálidas aguas, llenando de leves distancias los espacios […] y nocturnos; zumbidos de carros lejanos regresando ¿a dónde?, alegrías allá adentro, que no se escuchan aquí, somnolientas en el torpor lento de la tarde de verano que se olvida del otoño. Murieron las flores del jardín y, mustias, son ya otras flores —más antiguas y más nobles, más contemporáneas del amarillo muerto como el misterio, el silencio y el abandono. Las culebras de agua que flotan en los estanques tienen razón para los sueños. ¿Croar de ranas distantes? ¡Oh campo muerto en mí! ¡Oh rústico sosiego de los sueños! ¡Oh vida fútil como la de un labriego que no trabaja y duerme al pie de los caminos con el aroma de los prados entrándole en el alma como una niebla, en un sueño fresco y translúcido, profundo y pleno de eternidad al saber que nada se mezcla con nada, nocturno, ignorado, nómada y cansado bajo la fría compasión de las estrellas!