Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Supongo que la mayor parte de aquéllos con los que me cruzo al azar por las calles, trae consigo —lo noto en el movimiento silencioso de los labios, y en la indecisión indistinta de los ojos o en la alteración de la voz cuando rezan juntos— una idéntica proyección para la guerra inútil de un ejército sin pendones. Y todos —me giro hacia atrás con la intención de contemplar sus espaldas de pobres vencidos— obtendrán, como yo, una gran y vil derrota, entre lodos y juncos, sin luna en las orillas ni poesía de pantanos, miserable y novato.
Todos tienen, como yo, un corazón exaltado y triste. Los conozco bien: unos son dependientes, otros oficinistas, otros tenderos de pequeños negocios, otros triunfadores de cafés y tabernas, jactanciosos de desconocer el éxtasis de la palabra egotista, contentos con el silencio del egotismo avaro sin tener que guardar nada. Pero todos, pobrecillos, son poetas, y arrastran a mis ojos, como yo a los de ellos, la misma miseria de nuestra común incongruencia. Todos, como yo, tienen el futuro en el pasado.