Libro del desasosiego
Libro del desasosiego La rabia de la nostalgia por no poder avivarse ni revivirse nunca es tan lacrimógena contra Dios, creador de imposibilidades, que cuando medito que mis amigos del sueño, con quien compartí tantos detalles de una vida ficticia, con quien tantas pláticas iluminadas en cafés imaginarios he tenido, no pertenecen, finalmente a ningún espacio donde pudieran existir realmente, al margen de mi conciencia de ellos.
¡Oh, el pasado muerto que arrastro conmigo y nunca ha estado más que en mí! ¡Las flores del jardín de la casita de campo que nunca existió fuera de mí! ¡Las huertas, los pomares, el pinar del campo que existió sólo en mis sueños! ¡Mis veranos imaginarios, mis paseos por unos campos que nunca existieron! ¡Los árboles que jalonan los caminos, los atajos, las piedras, los labriegos que pasan…! todo esto que nunca ha pasado de un sueño, está guardado en mi memoria hasta dolerme y yo, que pasé horas soñándolos, me paso luego las horas recordando el haberlos soñado y es, en verdad, la única nostalgia que tengo, el pasado que lloro, la vida real —muerta que contemplo, solemne en su ataúd.