Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Alzo la cabeza del papel donde escribo… Es aún temprano, muy poco más que un mediodÃa de domingo. El mal de la vida, la enfermedad de ser consciente, entra en mi propio cuerpo y me perturba. No hay islas para los inconformistas, alamedas vetustas, inencontrables para los demás, para los aislados en el sueño. ¡Hay que vivir y, por poco que sea, hay que hacer algo! ¡Hay que relacionarse por el hecho de que existe la otra gente, tan real también en la vida! ¡Hay que seguir aquÃ, escribiendo esto, porque es preciso para el alma hacerlo, y por esto mismo, no poder soñarlo sólo, y explicarlo sin palabras, sin consciencia incluso, por una construcción de mà mismo en música y atenuación, de modo que me lleguen las lágrimas a los ojos sólo al sentir que me expreso y yo esté corriendo como un rÃo encantado, por las lentas laderas de mà mismo, cada vez más hacia lo inconsciente y lo Distante, sin sentido alguno excepto Dios!
¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de los crÃmenes que no cometÃ, gozar por ser perdonado como una caricia no especialmente materna.
