Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Pero, asà y todo, el trabajo no se retrasa, sino que se anima. Ya no trabajamos, sino que nos recreamos en el asunto al que estamos condenados. Y de repente, por la página grande y pautada de mi destino numerador, la casa vieja de las tÃas alberga, cerrada contra el mundo, somnolienta, el té de las diez y la lamparita de petróleo de mi infancia perdida que aún brilla sobre el mantel de lino, oscureciéndome con la luz, la visión de Moreira, iluminado con una electricidad negra infinitamente alejado de mÃ. Traen el té —y la criada, más vieja incluso que mis tÃas, lo trae con los restos de sueño o el malhumor paciente de la ternura de la vieja servidumbre— y yo sigo escribiendo sin errar ni una entrada ni una suma a través de todo mi pasado muerto. Me reabsorbo, me pierdo en mÃ, me olvido de las remotas noches, impolutas de deber y de mundo, vÃrgenes de misterio y de futuro.