Libro del desasosiego
Libro del desasosiego SÃ, mi virtud Ãntima de ser con frecuencia objetivo, y asà ahorrarme el pensar en mÃ, sufre, como todas las virtudes y todos los vicios, descréditos de afirmación. Entonces me pregunto a mà mismo ¿cómo es que sobrevivo, cómo es que tengo la cobardÃa de seguir aquÃ, entre esta gente, desde esta igualdad plena con ellos, con esta conformidad verdadera con la ilusión excrementicia de todos ellos? Se me ocurren, con un brillo de farol distante, todas las soluciones de la imaginación, que es mujer al cabo, el suicidio, la fuga, la renuncia, las grandes pantomimas aristocráticas de la individualidad, el capa y espada de las existencias sin balcón.
Pero la Julieta ideal de la realidad ha cerrado sobre el Romeo ficticio de mi sangre el alto ventanal del coloquio literario. Ella obedece a su propio padre, como él obedece al suyo. Continúa la disputa entre Montescos y Capuletos; cae el telón sobre lo que no ha sucedido; me vuelvo a casa —a aquel cuarto donde tan sórdida es la mujer que ni siquiera está, los hijos que raramente veo, la gente de la oficina que sólo veré mañana— con las solapas vueltas de la chaqueta de un empleado comercial, dejadas como si nada sobre el cuello de un poeta, con las botas compradas siempre en la misma tienda evitando inconscientemente los charcos de la frÃa lluvia y un poco preocupado por haberme olvidado tanto del paraguas como de la divinidad del alma.