Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Pienso, pues, que no hay error humano ni literario en atribuir alma a las cosas que llamamos inanimadas. Ser una cosa es ser un objeto con una atribución. Puede parecer falso asegurar que un árbol siente, que un río «corre», que una puesta de sol es triste o un mar sosegado (azul por el cielo que no tiene) es sonriente (por el sol que está arriba). Pero igual error consiste en atribuir belleza a algo. El mismo error es atribuir color, forma, y, si me apuran hasta ser, a algo. Este mar es agua salada. Esta puesta de sol es así porque le comienza a faltar la luz del sol en tal latitud y longitud. Este niño que juega delante de mí, es un montón intelectual de células —además de una relojería de movimientos subatómicos, un extraño conglomerado eléctrico de millones de sistemas solares en super miniatura.
Todo viene de afuera y acaso la propia alma no sea más que el rayo de sol que brilla y se aísla del suelo donde yace el montón de estiércol que es el cuerpo.
En estas consideraciones descansa a lo mejor toda una filosofía, para quien, estando fuera, tenga las agallas de ponerse a sacar conclusiones. Yo no las tengo, y me surgen atentos y vagos pensamientos, de posibilidades lógicas, y todo se me pierde en la visión de un rayo de sol dorando estiércol como paja oscura amazacotada por la humedad, en el suelo casi negro al pie de un muro hecho de guijarros.