Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Esto me irritaba mucho antiguamente, porque suponía, como los ingenuos, y yo lo era, que la sonrisa dedicada a las preocupaciones del soñar y del decir era un efluvio de una sensación íntima de superioridad, siendo sólo un estallido de indiferencia. Si antiguamente yo consideraba esa risita como un insulto, pues parecía implicar una cierta superioridad, hoy, sin embargo, la considero como una duda inconsciente. Del mismo modo que los adultos reconocen en los niños una sagacidad superior a la propia, así nos reconocen a quienes soñamos o decimos algo diferente de lo que ellos desconfían por extraño. Quiero creer que muchas veces, los más inteligentes de ellos, entreven nuestra superioridad; sonríen entonces superiormente, como escondiendo que lo han vislumbrado.
Pero nuestra superioridad no consiste en aquello que tantos soñadores han considerado como superioridad propia. El soñador no es superior al hombre activo porque el sueño sea superior a la realidad. La superioridad del soñador consiste en que soñar es mucho más práctico que vivir, y en que el soñador saca de la vida un placer mucho más vasto y mucho más variado que el hombre de acción. En mejores y más directas palabras, el soñador es el verdadero hombre de acción.