Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Ambas verdades son irreductibles la una con respecto a la otra. El sabio se abstendrá mucho de mezclarlas y de rechazar una u otra. Tendrá, con todo, que seguir una, nostálgico de aquélla que no sigue. O rechazar ambas, alzándose por encima de sí mismo en un nirvana propio.
Feliz quien no le pide a la vida más de lo que ella con espontaneidad le ofrece, guiándose por el instinto de los gatos, que buscan el sol cuando hay sol y cuando no hay sol buscan el calor, donde quiera que sea. Feliz quien renuncia a su personalidad por la de la imaginación y se deleita en la contemplación de las vidas ajenas, viviendo, no todas las impresiones, sino el espectáculo exterior de todas las impresiones. Feliz, y acabo, quien renuncia a todo y quien, habiendo renunciado, nada puede serle arrebatado ni recortado.
El campesino, el lector de cuentos, el puro asceta, son los afortunados de la vida, ya que los tres renuncian a su personalidad, uno porque vive del instinto, que es impersonal, otro porque vive de la imaginación, que es olvido, y el tercero porque no vive y, no habiendo muerto, duerme.
Nada me satisface, nada me consuela, todo —lo haya sido o no— me sacia. Ni quiero tener alma ni quiero renunciar a ella. Deseo lo que no deseo y renuncio a lo que no tengo. No puedo ser nada ni todo: soy el puente de paso entre lo que no tengo y lo que no quiero.