Libro del desasosiego
Libro del desasosiego De tedio, como si el destino me hubiese impuesto una tarea en veladas desconocidas. De tedio, como si un nuevo deber —o una horrible reciprocidad— me hubiese sido ofrecido con la ironÃa de un privilegio que yo tendrÃa que molestarme en agradecer al Destino. De tedio, como si no me fuese bastante ya la monotonÃa inconsistente de la vida, como para andar sobreponiéndole la obligada monotonÃa de un sentimiento definido.
Y de humillación, sÃ, de humillación. He tardado en darme cuenta de a qué venÃa un sentimiento en apariencia tan poco justificado por su causa. El amor a ser amado debiera haber aparecido. Debiera haberme envanecido el hecho de que alguien se fijase con atención en mi existencia como ser que pudiera ser amado. Pero más allá del breve instante del engreimiento, en que no sé todavÃa si la sorpresa tuvo más importancia que la propia vanidad, la humillación fue la sensación que he recibido de mà mismo. Sentà que me era dado una especie de premio destinado a otro —premio, sÃ, de valor para el que, por naturaleza, lo mereciese.